Estar seguro





Estar seguro solo de los árboles, anclados en la Tierra, obstinadamente seguros en su aferrarse a lo tangible; asidos para poder volar con sus hojas, mirando, sin despegar sus ojos verdes del Sol. Ellos, sin moverse, mueven el mundo. 

Estar seguro de los bosques, que en su vivir no desangran ni destruyen. Solo dan, solo conceden aire y espacio y tiempo. Bosques que originan dimensiones, más de tres, más de cuatro. Bosques en los que hundirse es salvarse. Bosques que son salvaguarda para la emoción y la comprensión. Estoy seguro de ellos porque en ellos estoy seguro.

Estar seguro de las aves, que siempre están aunque se vayan. Estar seguro porque no mienten cuando cantan ni cuando callan. Estar seguro de su promesa de volver y en su promesa de volver a marchar. Estar seguro de su promesa de permitirme, algún día, irme con ellas.

Estar seguro del calor de tu seno, cuando me aguardas. Estar seguro de tu vida, más que de la mía. Estar seguro de tu mirada, aun cuando me miras, aun cuando me ves inseguro. Estar seguro en la evidente seguridad de tu sinceridad. 

Estoy seguro de pocas cosas… por eso me aferro fuerte a lo evidente. 

Juan Goñi

Los arroyos de mi casa



 Bagolei, Irurita, Baztan, Navarra, Nafarroa.

Los arroyos de mi casa son amables y vivarachos. Van por la vida cantando canciones que yo entiendo, proclamando su libertad por los ribazos, por los coquetos vallecitos en medio del bosque. Aquí se tiran por un tobogán de musgo eterno y verde. Más allí se suavizan en un pequeño lago, casi una charca, en la que flotan hojas como navíos de juguete. Un poco más lejos se dejan caer en un abismo de piedras y espuma, bramando inocentes y orgullosos. Esquivan las hayas y le mojan los pies a los alisos. Salpican a los robles y a los fresnos, y a mí, por fortuna, si me acerco. Son artesa para tritones y salamandras, para renacuajos negros, para culebras de agua, para el esquivo desmán al que hace mucho que no veo. Hacen música en el bosque, junto con el viento en las copas más altas o en los troncos contrariados. Es la música más antigua del mundo; esa música del bosque en el íntimo silencio del invierno, esa música profunda y turbadora que lleva millones de años murmurando. Ahora suenan otros solistas: el mirlo acuático, regordete y campechano; el martín pescador, rauda flecha turquesa; la lavandera cascadeña y su eléctrico baile incomprensible…

Refrescan el mundo a base de guiños empapados, y me empapan de optimismo, los ojos, los tímpanos, las emociones, la piel… y hasta los pies que sumerjo en ellos los días de calor. Me atraen con su fuerza fresca y jugosa, con sus dedos invisibles que me buscan por la floresta cuando paseo por entre mis monólogos y mis lamentaciones. Y me sacuden, y me agitan, y me dan la paz que tanto añoro. Y me limpian a fondo mientras cantan a la Vida y a sus Milagros. Mis ojos bucean en sus limpios arrebatos. Y yo conmovido, doy gracias al agua y a sus eternos sortilegios. Y al irme les bendigo y me despido, y me vuelvo al mundo curado y campante, con la promesa de que no se hará muy tarde antes de volver. 

Juan Goñi

El queso en el cepo del miedo.





Nueva York, Beirut, Bombay, Madrid, Nairobi, Paris, Moscú, Bali, Estambul, Niza, Argel, Berlín, Yakarta, Túnez, Estocolmo, Manchester, Manila, Kabul… ayer le tocó a Londres. Indignación, rabia, impotencia y afán de venganza. Los innumerables muertos no eran su objetivo. Su objetivo eres tú. No buscan su muerte… buscan tu miedo y tu odio desatado.

Malditos aquellos que colocan el queso en el cepo del miedo, en la anzuelo del odio. Abominables, porque ese cebo son los muertos y los heridos. Sin importarles vidas o muertes, imparten agonía por doquier, exterminio y matanza, destrucción y pérdida. Pero no olvides que te quieren asustado, ciego de odio, sediento de venganza. Eso es lo que buscan.

No muerdas ese cebo, amigo mío. No te conviertas, tú también, en víctima de estos malnacidos. Te necesitamos en este lado de la trinchera. En el lado de los Derechos Humanos, en el lado de la sensibilidad y de la pasión, en el lado de la inteligencia, en el lado de la Vida y la cooperación, de la Alianza y del Compromiso. No podrán con nosotros sino perdemos de vista el objetivo; por más vendas de sangre con las que tapen nuestros ojos. Esperanza, hermano. La Civilización, la inteligencia y los derechos humanos, tu empeño y el mío deberían ser suficientes. Si, desde luego, si seguimos todos juntos.

Mi corazón con las víctimas. Con todas las víctimas, con cada una de ellas. Siempre. Y hoy me duele Londres.

Juan Goñi