Los arroyos de mi casa



 Bagolei, Irurita, Baztan, Navarra, Nafarroa.

Los arroyos de mi casa son amables y vivarachos. Van por la vida cantando canciones que yo entiendo, proclamando su libertad por los ribazos, por los coquetos vallecitos en medio del bosque. Aquí se tiran por un tobogán de musgo eterno y verde. Más allí se suavizan en un pequeño lago, casi una charca, en la que flotan hojas como navíos de juguete. Un poco más lejos se dejan caer en un abismo de piedras y espuma, bramando inocentes y orgullosos. Esquivan las hayas y le mojan los pies a los alisos. Salpican a los robles y a los fresnos, y a mí, por fortuna, si me acerco. Son artesa para tritones y salamandras, para renacuajos negros, para culebras de agua, para el esquivo desmán al que hace mucho que no veo. Hacen música en el bosque, junto con el viento en las copas más altas o en los troncos contrariados. Es la música más antigua del mundo; esa música del bosque en el íntimo silencio del invierno, esa música profunda y turbadora que lleva millones de años murmurando. Ahora suenan otros solistas: el mirlo acuático, regordete y campechano; el martín pescador, rauda flecha turquesa; la lavandera cascadeña y su eléctrico baile incomprensible…

Refrescan el mundo a base de guiños empapados, y me empapan de optimismo, los ojos, los tímpanos, las emociones, la piel… y hasta los pies que sumerjo en ellos los días de calor. Me atraen con su fuerza fresca y jugosa, con sus dedos invisibles que me buscan por la floresta cuando paseo por entre mis monólogos y mis lamentaciones. Y me sacuden, y me agitan, y me dan la paz que tanto añoro. Y me limpian a fondo mientras cantan a la Vida y a sus Milagros. Mis ojos bucean en sus limpios arrebatos. Y yo conmovido, doy gracias al agua y a sus eternos sortilegios. Y al irme les bendigo y me despido, y me vuelvo al mundo curado y campante, con la promesa de que no se hará muy tarde antes de volver. 

Juan Goñi

El queso en el cepo del miedo.





Nueva York, Beirut, Bombay, Madrid, Nairobi, Paris, Moscú, Bali, Estambul, Niza, Argel, Berlín, Yakarta, Túnez, Estocolmo, Manchester, Manila, Kabul… ayer le tocó a Londres. Indignación, rabia, impotencia y afán de venganza. Los innumerables muertos no eran su objetivo. Su objetivo eres tú. No buscan su muerte… buscan tu miedo y tu odio desatado.

Malditos aquellos que colocan el queso en el cepo del miedo, en la anzuelo del odio. Abominables, porque ese cebo son los muertos y los heridos. Sin importarles vidas o muertes, imparten agonía por doquier, exterminio y matanza, destrucción y pérdida. Pero no olvides que te quieren asustado, ciego de odio, sediento de venganza. Eso es lo que buscan.

No muerdas ese cebo, amigo mío. No te conviertas, tú también, en víctima de estos malnacidos. Te necesitamos en este lado de la trinchera. En el lado de los Derechos Humanos, en el lado de la sensibilidad y de la pasión, en el lado de la inteligencia, en el lado de la Vida y la cooperación, de la Alianza y del Compromiso. No podrán con nosotros sino perdemos de vista el objetivo; por más vendas de sangre con las que tapen nuestros ojos. Esperanza, hermano. La Civilización, la inteligencia y los derechos humanos, tu empeño y el mío deberían ser suficientes. Si, desde luego, si seguimos todos juntos.

Mi corazón con las víctimas. Con todas las víctimas, con cada una de ellas. Siempre. Y hoy me duele Londres.

Juan Goñi

El abuelo y el nieto.





Ahí llega José Luis, con su caminar parsimonioso, con su rostro feliz, como cada tarde, a buscar a su nieto al cole. Ahí viene, con su pequeña bolsita de papel donde trae un bocadillo de chorizo, la merienda para el niño. Su chaqueta beige, su camisa impoluta, sus anticuados zapatos, su mirada amable…

José Luis tendrá cerca de los setenta y cinco. Su mujer, Blanca, hace años que no sale de casa. El alzhéimer le arrancó los recuerdos, las sonrisas, la simpatía de la que siempre hizo bandera, y ahora languidece sentada en una mesa camilla, junto a la ventana a la que mira cada vez menos. José Luis la cuida lo mejor que puede, pero hace ya mucho tiempo que hubo de contratar a una enfermera que dos veces al día, por algunas horas, se acerca al domicilio a asear a la enferma, a levantarla de la cama, a darle su medicación… José Luis se encarga de la cena: tortilla francesa y un yogurt natural, y un zumo de naranja que con esfuerzo, cariño y paciencia consigue hacer que Blanca engulla. Luego acuesta a su mujer, silenciosa, en la cama que hoy sustituye a su cama de matrimonio, en el dormitorio principal. Y él se va a acostar a una pequeña cama, en el dormitorio de los niños, allí   donde hace muchos años ya, dormía su hija Carmen.

Sale Xabier del cole, corriendo como alma que lleva el diablo, y salta al cuello del abuelo, que sonriente ha de esforzarse por mantener el equilibrio. Xabi le planta un sonoro beso, recoge el bocadillo de la pequeña bolsita de papel y galopa al encuentro de sus amigos. El patio del colegio es un gran tumulto donde juegan decenas de niños, y Xabi se integra alegremente en la algarada, y se entrega al juego, al fútbol, a la cadena, a las canicas… a lo que toque jugar hoy. José Luis, sentado en su banco de siempre, trata de distinguirlo entre el jaleo. Y cuando lo  ve, una gran sonrisa le ilumina el rostro y la mirada. Xabier tiene ocho años recién cumplidos. José Luis piensa que él es su única razón para vivir.

Le doy las buenas tardes a José Luis, y a veces, me siento a su lado. José Luis es educado, amable y cariñoso, pero casi no habla. Solo un poco quizá, cuando le pregunto por su esposa y él me contesta que va mejor. Siempre le mando recuerdos y un beso. Y él me promete que se los hará llegar. José Luis sigue atento a Xabier. No por desconfianza, sino por puro amor. Y yo, que lo sé, respeto su silencio y lo miro de reojo de vez en cuando, para ver el amor en sus ojos azules y profundos.

A las cinco y media, José Luis se levanta despacio del banco y llama a Xabier moviendo su brazo, llamando la atención del chaval. Después se cogen de la mano y emprenden el camino a casa.

Allí van, charlando, como siempre, de la vida y sus milagros; de los deberes; de Ane, la mejor amiga de Xabier, quizá su primer amor; de que ya queda poco para que acabe el curso. Yo no sé de qué hablan. Pero allí se van charlando, como cada día. Y tras unos metros, se cruzan sus miradas: la de Xabier, vivaz y vivaracha, inteligente, sonriente; Y la José Luis, sosegada y feliz, penetrante y profunda. Y no se sueltan sus manos cuando cruzan el semáforo y se pierden tras la esquina, mientras Xabier, sudoroso y charlatán, termina poco a poco su bocadillo de chorizo. Y yo pienso en lo mucho que se parecen.

Y entonces, pese a todo, entiendo la felicidad. 

Juan Goñi