El petirrojo de mi Abuelo.


Recuerdo vivamente aquellas tardes de primavera, cuando mi Abuelo nos llevaba a pasar la tarde al huerto que tenía a las afueras del pueblo. Aquel cuatro latas que conducía se llenaba de niños ruidosos y excitados ante la certeza de una larga tarde de juegos y diversión. Nosotros ocupábamos el tiempo en perseguir lagartijas, en jugar al escondite, en excavar ríos y carreteras en aquel montón de arena. Él, en silencio, con su sonrisa perenne en los labios, iba y venía entre tomateras y lechugas. Azadilla en mano, sombrero de paja y pantalones viejos, arreglaba desperfectos o eliminaba malas yerbas, regaba aquí y recogía allí los últimos cardos de la temporada, las primeras lechugas, o un simple ramo de flores que adornarían la mesa redonda de la cocina de la casa de la Abuela, aquella mesa cubierta de un hule lleno de cuadros rojos y blancos, aquella mesa en la que tantas y tantas noches cené sopa y tortilla de patatas. En las tardes calurosas de julio, el Abuelo nos llenaba la poza de agua de la acequia, y los primos, apretados, nos bañábamos felices en aquel pequeño aljibe turbio y desconchado. Merendábamos pan con chocolate casi derretido por el sol, y avellanas que el Abuelo guardaba cuidadosamente desde el otoño, en el viejo armario de puertas desvencijadas. En aquellos días no me fijaba, pero años después el Abuelo me dijo que ya entonces venía el petirrojo a “ayudarle con la huerta”.
Años después mi Abuelo empezó a apagarse muy despacio, con su sonrisa perenne en los labios. Yo le acompañaba al huerto silencioso de niños y risas, y le ayudaba a ir y venir entre las pimenteras, las alubias verdes y los calabacines. No andaba bien el hombre, y se cogía de mi brazo, en la otra mano la azadilla, y juntos recogíamos las últimas escarolas y los puerros, o deshijábamos los tomates tempranos. Y allí, siempre, el petirrojo, a una distancia prudencial, nos observaba con atención desde una rama cercana o desde lo alto de la tapia, y cada poco rato se lanzaba a capturar algún escarabajo, alguna pequeña lombriz o algún otro insecto invisible para mí. Mi Abuelo lo miraba con cariño y me decía:
.- Míralo, Juan, lleva veinte años “ayudándome con la huerta”.
Y el petirrojo nos miraba curioso, con esos pequeños ojos redondos y negros, expectante, atento y tierno.
El Abuelo murió dulcemente, tan dulcemente como alguien puede abandonar esta Vida. La sonrisa perenne en sus labios le acompañó a la tumba aquella fría mañana de febrero. Y a nosotros nos dejó su sonrisa en la memoria, lágrimas de gratitud en la mirada y un nudo en la garganta que ahora me aprieta fuerte al recordarlo.
Aquella primavera el huerto amaneció huérfano de cariño y de cuidados. Y yo torpemente, azadilla en mano, me afané retirar las malas yerbas, en reparar caballones y acequias, en plantar tomates, borrajas y cebollas, en recoger un ramo de aquellas margaritas amarillas que tanto le gustaban a la Abuela, para que adornasen la vieja camilla redonda de la cocina, cubierta de un hule desgastado de descoloridos cuadros rojos. Y mientras dedicaba la tarde luminosa, con más atrevimiento que eficacia, a aquellas tareas que tantas veces le vi hacer, un petirrojo se posó muy cerca, casi al alcance de mi mano, y de un certero picotazo capturó un escarabajo de colores indefinidos. Y de un salto se encaramó a lo alto de la vieja tapia, y me miró, con esos ojos redondos y negros, como botones pequeñitos y brillantes, y en su mirada me pareció atisbar lágrimas de añoranza y gratitud, de recuerdos y evocaciones, y un nudo en la pequeña garganta anaranjada del pajarillo, que sospeché, le apretaba fuerte en ese momento, mientras nos mirábamos.
Aquella tarde el petirrojo y yo nos merendamos las últimas avellanas que el Abuelo había recogido el pasado otoño. Las encontré cuidadosamente guardadas en una vieja lata, en el armario desvencijado que alguna vez fue verde. Y mientras picoteaba mi amigo las últimas migajas y el nudo en mi garganta fraguaba lágrimas en mis ojos, comprendí que aquel avecilla y el viejo avellano junto a la puerta, el ejemplo de su vida y su alegría, y sobre todo aquella sonrisa perenne en sus labios, conforman el más valioso legado que nadie en este mundo pudo nunca heredar.
Dedicado a mi abuelo Demetrio, tan ausente de mi vida, tan presente en mi recuerdo, y a su sonrisa perenne y limpia, que siempre adornó su rostro amable. Porque nunca se afloja el nudo de mi garganta al recordarlo, porque su recuerdo me acompaña cada día, tras los ojos pequeñitos y negros de las aves que “me ayudan con La Vida”, como a él le ayudaron con la huerta.
Juan Goñi

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