Torpe pero apasionadamente.


Hace tiempo que amaneció, pero ellos todavía están en la cama. Ella es Itxaso, tiene 52 años y lleva 12 años viuda. Es la primera vez que duerme con un hombre desde la muerte de su Iñaki. Sus hijos viven en la capital; cada vez vienen menos a verla. El se llama Mikel y tiene 56. Soltero toda su vida, estuvo con ella en los peores días del luto y la tristeza, y desde entonces le ayuda con las labores del caserío. Ella siempre admiró su limpieza y su aspecto aseado, sus camisas zurcidas con esmero impropio de un hombre de su edad, sus botones perfectamente cosidos, su olor penetrante a hombre recién duchado. Él Siempre estuvo enamorado de ella. Esta noche él se ha quedado a dormir, y torpe pero apasionadamente, han hecho el amor. Desnudos en la vieja cama, en silencio, miran los dos al techo fingiéndose dormidos frente al otro, sin atreverse a acabar con este apacible amanecer. Ella sueña despierta con una vida compartida, llena de días de picnic y de noches como esta, noches cálidas y románticas al calor del hogar. El todavía recuerda el calor de sus pechos, su aliento acelerado en su cuello, la dulzura de sus besos en el lóbulo de sus orejas. Entre las contraventanas entornadas entra en la habitación un dulce resplandor de sol recién estrenado, y los cantos de miles de pájaros que despiertan envalentonados al nuevo día. No ha sido fácil dar este paso; la vergüenza y los complejos, la timidez y las dudas, el deseo y el cariño han estado peleando en sus confusos corazones durante años, pero esta noche, quizá por el vino, quizá por la primavera, quizá simplemente porque por fin estaban preparados, cayeron las defensas y se derrumbaron las últimas murallas, y casi sin saber cómo, acabaron compartiendo lecho, pasiones y deseo. La enorme mano de Mikel busca entre las sábanas la cálida mano de Itxaso, y con fuerza y ternura, entrelazan sus dedos invisibles. Las miradas de ambos en el techo, el rubor en la cara y el pulso acelerado de quien sabe que esto no ha hecho sino empezar. Suena en el piso de abajo el viejo reloj de pared, marcando pausadamente las 8. Él se gira hacia ella, y muy bajito casi susurrando, le desea buenos días. Ella le mira casi de reojo, sus mejillas ligeramente sonrosadas de timidez y ternura, y sonríe. Pasan despacio los segundos, y sus ojos se entrelazan como sus dedos. Ella le acaricia los cabellos despeinados, el permanece quieto, mirando fijamente a sus ojos profundos que tantas veces vio llorar, pero que hoy ríen llenos de vida.

.- ¿Nos levantamos a desayunar? – Pregunta ella.

.- No, todavía no. Espera un poco. Se está tan bien aquí….

Juan Goñi


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