Tambores de amor.


Hay tambores de amor estos días en el bosque. Retumban viejos troncos carcomidos, redobles de búsqueda y asentimiento, redobles de autoafirmación y de poderío, redobles de amor. Revuelan los pájaros carpinteros sobre las copas de las hayas y de los robles, o descienden a golpear el viejo tronco desgastado. Son lo que técnicamente llamamos la familia de los pícidos, de los cuales tenemos siete especies presentes en la Península Ibérica. Y a los siete juntos los podemos encontrar únicamente en el mágico bosque viejo de Bertiz. Escasos todos ellos, no es fácil verlos, nos huyen después de siglos de encarnizada persecución. Nuestros antepasados pensaban que hacían daño a los árboles a los cuales agujerean en busca de su sustento en forma de insectos “xilófagos”, insectos comedores de madera muerta. Ahora sabemos, demasiado tarde para muchos de ellos, que controlan muy bien este tipo de insectos, que en caso de proliferar demasiado, pueden empezar a atacar a los árboles vivos. El Bosque no es Bosque si le faltan las aves, porque son las aves el alma alada del Bosque, son los músicos que arrullan la arboleda y en ese arrullo el Bosque dormita su eternidad. Las aves inventan espacios entre las copas de los árboles, y alimentan la espesura de colores sin fin, jardineras incansables, curanderas de la floresta, cariñosas hijas del Bosque.

El pico picapinos (Dendrocopos major) me examina quizá sorprendido de mi silencio y mi quietud, y tras unos breves segundos de mirada interrogativa, vuelve a golpear fuerte en el viejo tronco, unas 12 veces en un segundo, y con cada golpe clava más profundo en mi corazón el Amor incondicional por los Bosques y sus habitantes. Tambores de amor en el tronco vetusto y muerto, latidos de vida en el corazón del bosque viejo, magia en el hayedo virgen, sístoles y diástoles de vivacidad, se clavan tus ojos en mis ojos, y nos reconocemos, hermano, como hijos del mismo Bosque y de la misma Tierra. Hermanos de sangre, sangre de la que forma parte el verde de los árboles; tu sangre roja... como la mía.

Juan Goñi


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