Desde Izpegi



Se planta el caminante ante el balcón de Izpegi, y observa maravillado el panorama que se abre infinito bajo sus botas. El vértigo sacude las entrañas de esta tierra, aún acrecentado cuando alguna rapaz planea en la inmensidad del valle, que se apaga plácidamente en esta tarde de primavera. Allí abajo, entre prados verdes y montañas, se dibuja Baigorri, blanco y rojo, apacible y bonachón. Al fondo, el mar labortano, azul y brumoso. A un lado los altos puertos de Urkiaga y las cumbres nevadas del Orhi; al otro la imponente mole de Larun. A mi lado se dibuja Iparla, Auza y Gorramendi, y aquí, pequeñito, estoy yo. Dicen que las fronteras aparecen solo en los mapas, y aquí, por más que busco, no la encuentro. A un lado Erratzu, baztanés y altonavarro, al otro Baigorri, cuna y origen de los que fueron Reyes de Navarra, orgulloso representante de las bellezas de la Baja Navarra. Y en medio, este collado que fue motor de comercio, lugar de encuentro entre las gentes de los dos valles. Allá por el siglo XIX algunos señores venidos de tierras lejanas trazaron con afilados escalpelos líneas que dividieron estos lugares, fronteras que no existen sino en los mapas, heridas que no cicatrizan porque no están. Y aquel comercio se convirtió en estraperlo, y nada más cambió. Franco llenó estos montes de bunkers y nidos de ametralladoras, convencido como estaba que tras acabar con Alemania las huestes aliadas acabarían por entrar por sus fronteras. Pero nada de esto ocurrió, y aquellos agujeros inmundos se esconden hoy bajo helechos y zarzas. Y los baztandarras siguieron pasando por los collados encajes de puntillas, café y ganado. Y los habitantes de la Baja Navarra siguieron subiendo a Izpegi, o a Lizaieta, o a Dantxarinea, a bailar al son del acordeón, a comer pierna de cordero y a paladear los caldos de Olite, de Artajona o de Cirauqui. Y así siguen hoy las cosas. Tierra mítica de contrabando, hermanos separados violentamente desde la cuna, las murallas que la política intentó fabricar se van derrumbando como se derrumban todos los artificios humanos. Hasta aquí me llega el inconfundible olor a mar desde Donibane Lohitzune (San Juan de Luz) y la humedad de los hayedos de Quinto Real, y en mi ensoñación creo percibir los aromas de sardinas asadas que destilan las viejas calles de Hondarribia. Y ahí mismo, a mis pies, se hunden finalmente los Pirineos en el océano, de donde salieron en las lejanas tierras catalanas.

Juan Goñi

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