Pico menor, el pequeño tamborilero.


En lo más profundo de la arboleda, a veinte metros sobre el suelo, en la rama muerta de un roble enorme, allí encontramos al pequeño pico menor (Dendrocopos minor – Okil txikia), el pequeño tamborilero del bosque, el más menudo de entre nuestros pájaros carpinteros. Desde hace días que se le oye por todo el jardín desde las primeras horas de la mañana, y al pajarero todavía le sorprende que pese a su tamaño (parecido al del un gorrión), el golpeteo que provoca sea tan potente y se oiga desde tan lejos. El tamborileo es muy similar a su hermano mayor, el pico picapinos, y es bastante difícil diferenciarlos; un poco más débil, más rápido quizá. El lugar del tronco en el que golpea ha sido elegido con cuidado para aprovechar al máximo su resonancia. Con su traqueteo el pajarillo está avisando a todo el bosque que ese territorio está ocupado, que esos son sus dominios. Ave muy dispersa en la península, casi ausente en la zona mediterránea, afortunadamente parece que no tan escasa como se pensaba, habitualmente lo encontramos en bosques de ribera bien conservados, entre álamos, alisos y abedules. Hasta la segunda quincena de mayo no pondrán mis amigos sus primeros huevos, entre cuatro y cinco, en el agujero que ahora mismo están ultimando, a quince metros del altura, en la rama de una viejo castaño. Doce días después, en las últimas jornadas de junio, los polluelos saldrán del huevo y tras tres semanas de cuidados y alimentación por parte de sus progenitores, los jóvenes picos menores abandonarán el nido. Su presencia en nuestros bosques de ribera, en nuestros jardines y arboledas, está seriamente comprometida, y es un ave que es nuestro deber proteger, conservar y desde luego defender de la ignorancia y el olvido, sus principales amenazas, además de la desaparición de su hábitat y la tala indiscriminada de nuestros más maduros bosques de ribera.
Me acompaña mi amigo File a disfrutar de la observación de este habitante del soto fluvial, a este percusionista pequeñito y artista. Nuestros telescopios y teleobjetivos apuntando a su escenario, nuestros oídos alerta. Sale de su camerino la estrella, y sin dilación, comienza su concierto ante nuestros ojos emocionados, únicos espectadores de su arte, rodeados de paseantes que extrañados nos observan. Pasa desapercibido ante ellos el estruendo del tamborilero, pero les interesan nuestros aparatos ópticos. A veces, cuando señalas la luna, hay personas que solo se fijan en tu dedo.
Conocer para respetar, respetar para amar, amar para defender.
(Foto de Filemón Losantos)

1 comentarios:

Publicar un comentario