Cuando la Naturaleza recupera los colores

Llueve sin parar, copiosamente. El pluviómetro se acerca a los 30 litros por metro cuadrado en estas últimas 24 horas, y no para. Parece que las mil lluvias de abril se hubieran citado estos días. El campo parece exhausto de agua, empapados los prados, encharcados los senderos, el cielo entero destila alimento para la vida. Rezuman las ramas floridas de los árboles y los tejados rojos, se colman fontanas y riachuelos, se desbordan aquí y allí charcos y barrizales. De pronto, insospechadamente, se apacigua la lluvia, se acallan las goteras y un tímido rayo de sol escapa entre las nubes plomizas. Y al unísono, como si un director de orquesta hubiera subido al atril de la primavera y hubiera golpeado con su batuta en esta partitura empapada y abrileña, todos los habitantes de los campos y los bosques saludan la luz con sus trinos y revuelos. Cantan verdecillos y jilgueros, mirlos y pinzones, carboneros, currucas, zorzales, herrerillos y chochines. La Naturaleza recupera los colores, con la cara lavada, todavía despeinada, goteando por doquier, como una muchacha que sale de esta ducha reparadora, alimenticia, vital. Aparece el pueblo tras las brumas, torpemente escondido entre las ramas todavía desnudas de los árboles que acompañan al alegre Bidasoa en su viaje hasta el océano. Y las campanas de su iglesia, uniéndose a esta sinfonía de Vida renovada, cantan las siete de esta preciosa tarde de abril. Y así, despaciosamente, va ocurriendo el milagro de la primavera en este olvidado rincón de los Pirineos.
 Juan Goñi

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